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CAMBIAR PARA MEJORAR


   Hágalo bien es una de las ideas centrales del último disco de una banda chilena, Sinergia, que ha hecho de esa premisa su norte. Surgidos en Conchalí, “Don Rorro” y su gente exponen a través de sus temas las innumerables carencias de nuestra sociedad. Apelan a la sorna, a la ironía, a la mordacidad, mostrando con desenfado la extensión grotesca y pueril de la conducta humana.

 Me puse a pensar en su insoslayable talento motivado por la “escena local” de las últimas semanas: las huelgas de los trabajadores municipales, los profesores, las insulsas discusiones parlamentarias, la (eterna) ramplonería de la tv, la violencia de un Arauco que quiere volver a ser SINERGIAindómito; un Chile caótico que puja con fuerza para salir y mostrarse en un parto de sangre del que las elites dudan. Un Chile que -¡era que no!- se exhibe porque muchas cosas no han sido bien hechas, demasiadas y por mucho tiempo. Los animales y sus derechos postergados no escapan a la tendencia, ahí están y quizás no los notamos porque no levantan pancartas ni se encadenan (no al menos ellos mismos…). Este tema –cuánto “pesan”  para el hombre los seres vivos distintos de él- me da vueltas en la cabeza, y el asunto se hace permanente cuando me enfoco en los caniles. Aclaro que no estoy particularizando en ninguno, no me refiero únicamente al caso de Ñuñoa (asumo que habrá otras experiencias).

Como sea, quiero comprender porqué no es posible hacer algo mejor y distinto.

 Me refiero a cuáles son los factores que inciden para que se continúe impulsando sólo una visión (caniles que erradican, supuestamente) al abordar el abandono animal. Mi razonamiento es simple: si capturo unos cuantos perros -20, 30, 50, ¿más?- las opciones de reubicarlos serán tantas como las que brinden sus propias condiciones: nada indica que sean animales jóvenes y bellos, desconocemos sus patologías y conducta, habrá  elementos vinculados al estrés que les provocará ese encierro, serán sacados de su hábitat; es decir, de un problema se pasará a otro. Al cabo, no parece ser ése el mejor camino para intentar controlar la población canina. Más todavía, pasa por encima de un esfuerzo que, en su origen, no partió de las autoridades: suelen ser los vecinos de un sector –una plaza, un barrio, un quiosco- los que los cuidan, los vacunan, les dan de comer, invierten en ellos. Y resulta que después llegan los camiones y se los llevan.

 O sea, de un trato bondadoso pasamos a una resolución violenta. Pero el ciclo no termina: ¿habrán pensado las autoridades qué hacer con los perros que encierran, cómo los reubicarán? Más aún, ¿quién podría juzgar como exitoso un eventual proceso de reubicación y de qué depende ello? ¿Sabrán “los que deciden” cuánto se demora un particular en encontrarle hogar a un perro o un gato y el enorme esfuerzo que ello implica? Por último, una cuestión central: ¿quién, porqué y cómo se definió orientar los recursos de esa forma,  promoviendo retiros masivos y desechando la opción de educar y de centrar el esfuerzo en las esterilizaciones?, ¿a quién le convienen los retiros?, ¿alguien lucra con este “mecanismo”? Desde luego, habrá muchos que, ante estos argumentos, digan “¿y tú qué hiciste por los perros?”. Da lo mismo, cada cual sabe lo que hace y cuánto hace. El tema es otro: asumir que los animales abandonados no aparecieron por arte de magia. Alguien los puso ahí, abandonándolos, no previendo una esterilización, comprando en vez de adoptar y luego “desilusionándose” porque el perro ladra o hace todo lo que tiene que hacer.

 En el origen del problema está el hombre. Y al buscar la “solución” también, una especie de salida de emergencia que se olvida de los derechos de los otros seres. Es interesante, casi a nivel clínico, observar cómo nos equivocamos una y otra vez, llamando plaga a un asunto ante el cual sólo las alianzas estratégicas podrían rendir frutos. El tema pasa, entre otros aspectos, por modificar la legislación (voluntad política, realismo) y aprovechar la estructura a nivel de municipios de otra manera, estimulando el esfuerzo de los ciudadanos (ello podría redundar en niveles de participación y educación mejor orientados). Postulo dos cambios al menos: que los que deciden no sigan siendo los mismos de siempre y que la forma de enfrentar el maltrato y el abandono animal se oriente en un sentido diferente.

 Escuchemos el mensaje “sinérgico”: hagámoslo bien.

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