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NO DEJEMOS QUE LOS PERROS LADREN


Por José Manuel García Montes, periodista

En Chile, pretender el “salvataje animal” es algo así como las carreras de Forrest Gump. Pensaba en eso, en tratar de hallar nuevos motivos e ideas, mientras trotaba por los caminos interiores de la Novena Región. Hablo de Temuco a la costa, unos 60 kilómetros yendo por rutas que hoy están asfaltadas, pero hace 30 años sólo ofrecían piedra tras piedra. Así, Barros Arana, Teodoro Schmitd, Hualpín o Porma son algunos de los pueblos que se enlistan desde la capital regional hasta llegar al mar, entrando desde Freire.

En medio de las divagaciones “a lo Forrest”, es decir mientras voy tratando que el trote del día sea mejor que el de ayer y así hasta la eternidad, el tema de los animales reaparece una y otra vez. Ese es el panorama, un cuello de botella donde a las ganas y a la acción se oponen factores que son complejos de manejar y cambiar.

Por ejemplo, hablemos de cultura y costumbres. En el campo donde estoy, el de mis viejos, mi padre –que no es, precisamente, animalista- dice que hay que dejar que los perros ladren. Para él, un hombre criado en el campo, nacido en Carahue hace más de 75 años y quien ha matado gallinas, corderos y vacas para vivir, hablar de los derechos de otros seres distintos del hombre debe ser una rareza, algo que no tiene sentido ni lugar en sus prioridades. El es un huaso hecho y derecho, con todo lo bueno y malo que eso pueda implicar. Con dificultad respeto sus ideas y, desde luego, no las comparto. Haciendo un símil, pretender cambiar los hábitos de quienes viven o se han criado en el campo es una utopía perdida y enterrada antes de comenzar a luchar por ella. Por lo mismo, que al menos los perros que viven en la parcela –son 10- coman algo más que el chancado que les dan, ya es un triunfo. La vara está baja, es cierto, no me alcanza para estar conforme con la vida que tienen, pero al menos les da tiempo. Uno, el Funkel, estaba tirado en Santiago, con una pata quebrada, al lado de una universidad y su expectativa era, quizás, morir como lo que es, un perro. Pero hoy está operado, la fractura no existe y a despecho de la mala comida, por lo menos sé que no terminará debajo de una micro o hirviendo de sarna. Otro, el Tordo, un quiltro negro y típico que vagaba por el pueblo, logró superar la existencia errante que la vida le proponía y ahora tiene techo y agua. Ambos, y éste es un consuelo menor, tienen tiempo, eso hasta que pueda encontrar algo mejor para ellos.

Por eso, hay que apuntar a cambiar las raíces. Modificar estructuras de envergadura diversa -mayores o más próximas- implica un trabajo que en el fondo es el mismo, con los debidos ajustes a escala. El tema es cómo hacer visibles, importantes o necesarios temas que por costumbre, falta de educación y cultura han permanecido sepultados por años o décadas. Desde luego, en Chile verlo sólo como un problema de tiempo, sería ingenuo. Acá han existido políticas erráticas y se han dilapidado recursos. Si hoy la idea es matar animales porque son muchos –y conste que sólo estamos hablando de los perros- es porque antes se dejó pasar el tiempo sin que se hiciera nada relevante en el área de la prevención: educar, esterilizar, promover la adopción y la tenencia responsable. Y quiero decir que cuando hablo del tema animal trato de no moverme a partir de parámetros “ciegos”. Pienso, en forma concreta, que todo lo que hacemos y no hacemos en este campo está íntimamente vinculado con la manera en que nos relacionamos con otros seres humanos y con el mundo, ello a partir de cuestiones centrales como el respeto, la solidaridad y la tolerancia.

Como en el campo de mis viejos, pretender cambiar las costumbres de un pueblo es una tarea descomunal. Y quizás el tema, al igual que para Forrest, sea correr buscando un mundo con más sentido, dignidad y veracidad. Y habrá que hacerlo aunque moverse no garantice que llegar a la meta sea posible. Nos puede hacer mejores y nos sacará una sonrisa, y eso no es poco.

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