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ROMPAMOS LA INERCIA


Por José Manuel García  Montes, periodista

Esta, la última columna del año, tenía como propósito ser parida bajo el influjo de ideas novedosas, fuertes, inéditas acaso. Y hacerla fue duro porque el tráfico, el apuro y la ansiedad lo inundan todo cuando se trata de bajar la cortina de 2009. Además, y pensando en el común de los mortales, ¿para cuántas personas, justo en esta fecha, serán importantes el calor, la sed o el hambre que siente una quiltra (o) o una gata (o) de dudosa procedencia? ¿Para cuántos será motivo de atención el cansancio del caballo de la feria o de la yunta de bueyes, agotados porque no pueden más? Hablar de esto es molesto, a mucha gente le incomoda y jamás llegarán a entender tales padecimientos.

Por lo mismo, y justo ahora, cuando hay muchas más cosas que parecen importantes y urgentes, hacer que tal postergación sea tema es el objetivo. El asunto no es menor. Para la enorme cantidad de animales abandonados, maltratados, muertos a palos, en peleas clandestinas, dejados a su suerte, no habrá cambio de folio, años que se acaban, expectativas que nacen ni sueños cumplidos. Para ellos, el aquí y el ahora, el hecho de jugarse la vida en el día, es la única bitácora posible. De 2009 hacia atrás siempre fue así y de aquí en adelante esa historia no va a terminar sólo porque haya gente que lo quiera o animales sufriendo. Al cabo, toda la indolencia y la omisión seguirán ahí, enquistadas como larvas que gozan de la purulencia, a menos que cada uno de nosotros sea un poco más consciente sobre los derechos de aquellos seres que, siendo distintos del hombre, no tienen cómo afrontar la vida si éste no les da una mano.

Miro hacia atrás, por ejemplo a la carretera que recorrí desde Freire hasta Santiago hace 3 días. Fueron 698 kilómetros distribuidos entre 4 regiones, viniendo desde la Novena. A lo largo del camino, a la vera de éste, quizás porque querían cruzar o porque le escapaban, unos 10, 12 cuerpos de perros. Todos atropellados, reventados, mutilados. Esos fueron los que vi. Qué dolor más grande su abandono y sus muertes, qué final poco digno, qué pavor enorme deben haber sentido esos pobres seres en sus instantes finales. No tenían porqué afrontar esa especie de profecía auto cumplida que sólo les reservó dolor, padecimiento y agonía. No tengo dudas que tras cada uno de ellos hubo una historia de indolencia, de omisión, de olvido, de negación, es decir, el patrón de conducta habitual del hombre –genéricamente hablando- ante ellos. Hagamos el balance del año –la época lo impone, ¿no?- y respondamos qué hicimos por los animales que se cruzaron en nuestro camino, a cuántos dimos una vida mejor y ayudamos para que alguien, quizás nosotros mismos, se hiciera cargo. Cada cual sabe lo que hace y cuánto puede, cuáles son sus límites.

Pero nada cambiará en Chile -acaso en el mundo- con respecto al trato y al lugar que se les damos si no somos capaces de verlos de un modo distinto. Acá no hay fórmulas secretas y la única vía posible es actuar y entender lo que pasa en la calle: los animales no eligieron estar así, no decidieron ser abandonados o atropellados. Pero su padecimiento ocurre y es casi impuesto. Pensemos en eso, en si lo quisiéramos para nosotros. Apenas tendremos una pequeña idea de la vida errante, miserable y dolorosa que espera a miles de seres durante el tiempo que les toque existir.

Por eso, asumamos el compromiso. Actuar para sacar a un animal del abandono significa hacer propio un desafío que exige inteligencia, decisión y recursos. No se trata de recoger y acopiar al punto de llegar al hacinamiento. Tampoco, de usarlos como pretexto para pedir dinero o lo que sea, sin que las condiciones objetivas en que originalmente fue encontrado cambien de modo real.

La lucha por los derechos de los animales es un tema relativamente nuevo, un asunto que en Chile no está lo suficientemente visibilizado y que sólo aparece a cuentagotas. Es utópico pretender que en la agenda social “pese” más que otras materias como salud, educación, empleo o seguridad, relevantes en extremo. Pero de la forma en que la asumamos, es decir, del sitio que le demos frente a otras necesidades, podemos obtener conclusiones potentes acerca del estado de nuestra sociedad, colectiva e individualmente. Por eso, si bien el tema animal quizás no tiene el “peso” de otros asuntos, habría que ver de cuáles hablamos cuando hacemos esa comparación y, más importante, no perder de vista cuáles son las fórmulas que se adoptan para resolver tales o cuales problemas.

En cualquier escenario, lo que no admite debate es que sólo la miopía humana lo mantiene fuera de la agenda. Hacerlo visible y entender que trabajar en ese ámbito nos puede hacer mejores personas es la tarea que viene

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Categorías:Editorial
  1. José Manuel García Montes
    enero 6, 2010 en 21:22

    Chicas, saludos para ustedes y, como siempre, muchas gracias por los comentarios. Siempre leo todo y, la verdad, no lo hago por saber si están de acuerdo o no, sino porque me interesa que temas como éstos sean visibilizados… Los animales son seres sufrientes, lo pasan realmente mal y eso es un horror. Un pedazo más de lo peor de este mundo: sumen las muertes de niños, el narcotráfico, la violencia terrorista… No necesitamos más dolor, pero las palabras no bastan… Un abrazo y a sus órdenes.

  2. enero 5, 2010 en 21:22

    Hola, Me ha conmovido la nota que has escrito. No soy chilena, sino argentina y los perros abandonados y/o torturados me dan mucho dolor. Pienso que debemos hacer todo lo posible para ayudarlos. Yo lo hago cuando veo algun perrito en necesidad. Eugenia Renskoff

  3. PILAR
    enero 4, 2010 en 21:22

    AY !!!JOSE MANUEL,UNA VEZ MAS UNA NOTA QUE PONE CADA COSA EN SU LUGAR….AUNQUE LEERLA ME PRODUCE UNA PENA INFINITA,ES NUESTRA RELIDAD…COMO ME GUSTARIA VER ESTAS LINEAS EN UN AFICHE DEL METRO,DEL TRANSANTIAGO,A LA ENTRADA DE UN BANCO O CUALQUIER LUGAR PUBLICO QUE NOS HACE OLVIDAR LO QUE SOMOS Y EN QUE MUNDO VIVIMOS ,LUGARES QUE NOS HACEN ABSTRAERNOS DEL VERDADERO CONCEPTO DE VIVIR EN UN MUNDO COMPARTIDO POR TODOS Y PARA TODOS……

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